Sabiduría ancestral recuperada por la maestra Luzmila Oscanoa Rivas
Por: Luzmila Simeona Oscanoa Rivas (*)
RECONOCIMIENTO ESPECIAL
El Curaca Apu Awillu Wachumarca honra la memoria de su madre y maestra, Luzmila Simeona Oscanoa Rivas, compartiendo con los pueblos originarios este manuscrito que atesora su sabiduría y esencia. Hoy renovamos el compromiso de cumplir sus sueños de justicia y desarrollo para nuestras comunidades. Su luz no se ha apagado; sigue viva, iluminando el sendero de felicidad que merecen nuestros pueblos y comunidades de todo el mundo. Desde el cielo ilumina nuestro camino rumbo al desarrollo inclusivo y la vida en equilibrio con nuestra Pachamama. Lo publicamos exclusivamente en la plataforma www.muyuy360.pe para ser difundido como un aporte ancestral del Perú para el mundo.
IMPORTANCIA DE LA LLAMA EN LA CULTURA PERUANA
¿Cómo logró el hombre andino conectar costa, sierra y selva sin carreteras ni vehículos modernos? La respuesta está en una alianza sagrada de respeto, medicina y misticismo con el habitante más fiel de las alturas: la llama. Fruto de más de 60 años de investigación en las escuelas rurales de los Andes, este manuscrito inédito nos revela los secretos de logística, trueque y medicina tradicional de las caravanas que dieron forma a nuestra identidad milenaria. Un viaje al corazón del Turismo de Origen.
LA LLAMA EN EL PERÚ MILENARIO
En la antigüedad y en distintas épocas, la llama era el animal consagrado en las tres regiones del Perú. Según evidencias arqueológicas e históricas en la costa, cada hogar, pueblo o Ayllu le ofrecía un corral especial: un cerco dotado de terreno apropiado para que el animal descansara y se alimentara de plantas naturales durante su estadía.
Estos cercos y corrales eran verdaderos «museos vivos», cultivados con las plantas comestibles de su preferencia, siempre limpios y provistos de manantiales y riachuelos.
EL INTERCAMBIO COMERCIAL ANDINO
La economía y el abastecimiento de los pueblos se sostenían gracias a dos modalidades principales de transporte y comercio:
- El Matipacui: Consistía en el transporte de productos a cambio de un pago monetario o de bienes específicos.
- El Trueque o Trucapacui: Consistía en el intercambio directo de productos entre diferentes pisos ecológicos.
El hombre andino fue el gran protagonista de estas monumentales faenas de transporte. En muchos casos, un solo arriero lideraba caravanas de 100, 200 o más animales cargueros. Debido a las enormes distancias de las rutas, los viajes eran sumamente largos y el transporte de las mercancías podía durar meses.
MEDICINA Y CUIDADO ANCESTRAL DEL ANIMAL
El dueño de las llamas cuidaba rigurosamente la salud integral de sus animales cargueros. Durante sus etapas de descanso, implementaba saberes de medicina tradicional:
- Protección hepática: Se les protegía el hígado mediante tomas y preparados especiales a base de jugos de hierbas silvestres.
- Tratamiento contra la sarna: Se les bañaba con preparados ecológicos naturales. Una de las recetas más eficaces consistía en mezclar carbón en brasa molida con jugo de papa cruda.
LA LLAMA: MOTOR DE LA AGRICULTURA Y CUNA DE LA GASTRONOMÍA ANCESTRAL
La domesticación de la llama no fue solo un hito de transporte, sino el verdadero catalizador que dio origen a la agricultura andina y a la incomparable riqueza gastronómica del Perú profundo. Al convertirse en el principal animal de carga, la llama permitió trasladar con éxito las primeras semillas de papa, maíz, oca y quinua a través de los escarpados pisos ecológicos de la cordillera. Este
intercambio constante fertilizó las tierras y expandió los cultivos, transformando la economía de subsistencia en una despensa diversa y abundante. Con el estiércol de la llama se abonaron los andenes milenarios, asegurando la supervivencia y el florecimiento de las civilizaciones Pre-Incas.
Este florecimiento agrícola dio paso a técnicas culinarias magistrales que hoy forman el corazón de nuestra identidad. El ejemplo más sagrado de esta conexión es la Pachamanca ancestral.
Nacida en el vientre de la Madre Tierra (Pachamama), esta técnica consiste en cocinar los alimentos bajo tierra utilizando el calor de piedras volcánicas previamente calentadas al rojo vivo. En su origen milenario, la Pachamanca no era una simple comida; era un ritual de agradecimiento donde la carne de los camélidos, junto a los tubérculos y hierbas aromáticas como el huacatay, se cocinaban de forma hermética y ecológica. Este banquete subterráneo, que fusiona los frutos de la tierra con el fuego de los ancestros, es el testimonio vivo de una gastronomía nacida de la armonía entre el hombre, la agricultura y su fiel compañera: la llama.
PLANIFICACIÓN DEL LARGO VIAJE
Para emprender la ruta, el dueño y arriero organizaba minuciosamente a su equipo de trabajo, dividiendo las responsabilidades en comisiones clave:
- Matiqcuna: El equipo encargado de la enorme responsabilidad de cargar y descargar de manera balanceada a los animales.
- Ñaupaqcuna: Los indagadores o exploradores (la fuerza humana de vanguardia). Iban siempre adelante identificando rutas accesibles para transitar y buscando lugares seguros para pernoctar o alojarse, lejos de los centros poblados.
- Micheqcuna, Jamachqcuna o Mircapa Apaqcuna: El equipo responsable de la logística alimentaria, encargado de transportar los fiambres, tanto cocidos como crudos.
El arriero principal debía supervisar y controlar rigurosamente el desempeño de cada una de estas comisiones en la ruta.
RITUALES DE RUTA, ALIMENTACIÓN Y DESPEDIDA
Los viajes estaban impregnados de un profundo misticismo y respeto por la vida del animal. Si una llama moría en el trayecto, la degollaban, le extraían el cuajar para asarlo y lo consumían a medio cocer; este ritual se realizaba como una
señal sagrada para pedir que el resto de los animales no siguiera muriendo. Nunca consumían la carne fresca en el camino; preferían realizar un trueque en el pueblo más cercano, donde los pobladores locales la procesaban para convertirla en charqui (carne seca y salada).
Ninguna parte del animal se desperdiciaba:
- Cuero: Se empleaba para confeccionar los llanquis u ojotas (calzado andino).
- Cuello, cabeza y patas: Se enterraban ritualmente en el último pueblo de la ruta, como un símbolo y testimonio de que todas las llamas del convoy habían completado con éxito su destino.
- Lana: Se torcía cuidadosamente para el trenzado del chicullo, la huaraca (honda) o la jirapa.
EL FIAMBRE DEL CAMINANTE
Para sostener las largas jornadas diarias, el fiambre cocido más importante incluía:
- Parpa de maíz.
- Otunca de maca con chuño.
- Papa asada y charqui dorado.
Cuando la travesía se extendía por varias semanas, la caravana se abastecía de shihuairu, cancha con yeso, frutos silvestres y yacón. Asimismo, transportaban alimentos crudos para cocinar en los campamentos, tales como olluco, oca, mashua, quinua, arracacha, chancaca, cacao, maní y diversas hierbas medicinales.
EL IMPACTO EN LOS PUEBLOS VISITADOS
La llegada de un arriero con sus llamas significaba una bendición y la solución a grandes problemas de abastecimiento para cada localidad, ya que en aquellas épocas no existía otro animal de carga. Por ello, los pueblos visitados agasajaban a los viajeros ofreciéndoles sus mejores comidas tradicionales en cada parada. El momento de la partida se transformaba en una gran fiesta comunitaria de despedida.
La impecable organización de esta milenaria tarea de arrieraje es un ejemplo imperecedero de perseverancia, proeza y profunda comunión con la naturaleza.